85 años del Colegio Virrey Solís y el legado educativo de los franciscanos en Santander

El Colegio Franciscano Virrey Solís celebra 85 años de historia, aunque sus raíces se remontan mucho más atrás. Heredero de una tradición educativa franciscana presente en Santander desde la época colonial, nació en 1941 como una pequeña escuela para niños obreros del barrio San Francisco de Bucaramanga y con el tiempo se convirtió en una de las instituciones educativas más representativas del departamento.

Hablar de los 85 años del Colegio Franciscano Virrey Solís es hablar también de una historia mucho más extensa. La presencia franciscana en el territorio santandereano antecede por siglos a la fundación del colegio y forma parte de uno de los capítulos más antiguos de la educación en la región.

La Orden de Frailes Menores, fundada por San Francisco de Asís en el siglo XIII, llegó al Nuevo Reino de Granada durante la época colonial y desempeñó un papel fundamental en los procesos de evangelización y enseñanza. En lo que hoy es Santander, los franciscanos estuvieron presentes desde el siglo XVI y participaron en la creación de escuelas de doctrina destinadas a la enseñanza de la fe, la lengua española y las primeras nociones de formación para las comunidades de la época. En Vélez, considerada una de las puertas de entrada de la colonización española hacia el interior del país, los religiosos desarrollaron una importante labor educativa que marcaría el inicio de una tradición que se extendería durante siglos.

Ese legado de enseñanza, servicio y cercanía con las comunidades fue el que llegó a Bucaramanga y terminó dando origen al Colegio Franciscano Virrey Solís.

La historia de la institución comenzó oficialmente el 10 de octubre de 1940, cuando el entonces ministro provincial de los franciscanos, Fray Jesús María Velásquez Escobar, ordenó la creación de una escuela destinada a atender a los niños de las familias obreras del barrio San Francisco. La tarea fue encomendada al hermano Emilio Bautista, quien asumió el desafío de poner en marcha una obra educativa en una zona de la ciudad donde muchas familias tenían dificultades para acceder a la educación formal.

La iniciativa se materializó el 3 de febrero de 1941. Ese día se celebró una misa solemne en la capilla del convento de San Francisco y posteriormente un acto cívico que reunió a autoridades civiles, militares y eclesiásticas. Bucaramanga asistía al nacimiento de una institución que con el tiempo se convertiría en una de las más representativas del departamento.

Sin embargo, la realidad de aquellos primeros días estaba lejos de cualquier imagen de grandeza. El colegio abrió sus puertas en condiciones muy precarias. No había pupitres, tableros ni mobiliario escolar. Los estudiantes recibían clases sentados sobre el suelo sin pavimentar mientras tres frailes franciscanos se encargaban de impartir las lecciones.

"La escuelita comenzó sus tareas en una pobreza de la cual jamás se hubiera avergonzado San Francisco de Asís. Los niños tenían por banco el duro suelo sin pavimentar todavía": Fray Pierre Guillén Ramírez, OFM.

Aquella pobreza material, lejos de convertirse en un obstáculo, terminó siendo una muestra del espíritu con el que nació la institución. Los religiosos estaban convencidos de que la educación debía llegar a quienes más la necesitaban y que la falta de recursos no podía impedir el acceso al conocimiento.

Los resultados fueron sorprendentes. Lo que comenzó como una pequeña escuela para atender a unos pocos niños rápidamente despertó el interés de las familias bumanguesas. Durante su primer año de funcionamiento la matrícula alcanzó cerca de 290 estudiantes. Apenas un año después la cifra ascendió a 653 alumnos y se abrió oficialmente el primer curso de bachillerato.

La confianza de la comunidad siguió creciendo. Para 1943 el colegio ya contaba con cerca de 900 estudiantes distribuidos en 14 salones y atendidos por una planta docente integrada por 20 profesores entre religiosos y seglares.

El crecimiento no solo reflejaba el prestigio que comenzaba a ganar la institución. También evidenciaba la necesidad que existía en la ciudad de contar con espacios educativos accesibles para las familias trabajadoras.

Mantener una obra de semejante magnitud implicaba importantes esfuerzos económicos. Por ello se estableció una modesta pensión escolar que oscilaba entre cincuenta centavos y un peso mensual, dependiendo de las posibilidades de cada familia. Aun así, el carácter social del proyecto nunca desapareció.

De hecho, uno de los aspectos más recordados de aquellos primeros años fue el apoyo alimentario que recibían los estudiantes. El colegio ofrecía diariamente sopa y pan a los niños, una ayuda que para muchas familias representaba un alivio significativo en tiempos de dificultades económicas.

La labor de los franciscanos fue ampliamente reconocida por la comunidad. Publicaciones de la época destacaron el trabajo realizado en favor de los niños más necesitados de Bucaramanga y resaltaron el impacto social de una institución que no solo educaba, sino que también acompañaba a las familias en sus necesidades más básicas.

Durante la década de 1950 el proyecto continuó fortaleciéndose. En 1955 la institución adoptó oficialmente el nombre de Colegio Virrey Solís y tres años después obtuvo la aprobación de los cursos superiores de bachillerato, consolidando su presencia dentro del sistema educativo regional.

El nombre del colegio rinde homenaje a José Manuel Solís Folch de Cardona, virrey de la Nueva Granada durante el siglo XVIII, quien tras concluir su mandato ingresó a la Orden Franciscana. Su figura simboliza los valores de servicio, liderazgo y compromiso que los fundadores quisieron transmitir a sus estudiantes.

A lo largo de las décadas siguientes, el Virrey Solís continuó creciendo y adaptándose a los cambios de la sociedad. Miles de estudiantes han pasado por sus aulas, mientras iniciativas como el periódico escolar Imagen Franciscana y las tradicionales Marchas por la Paz han fortalecido la formación ciudadana y el compromiso social de sus alumnos.

Hoy, cuando celebra 85 años de existencia, el Colegio Franciscano Virrey Solís sigue siendo una institución inspirada en los principios de la Orden de Frailes Menores. Cuenta con modernas instalaciones, espacios deportivos, laboratorios y programas académicos que buscan formar integralmente a sus estudiantes bajo los valores de fraternidad, respeto, responsabilidad y servicio.

Pero más allá de los avances tecnológicos y de la infraestructura que hoy caracteriza a la institución, permanece intacta la esencia que le dio origen. La imagen de aquellos niños sentados sobre un suelo sin pavimentar sigue siendo el símbolo de una obra educativa que nació para servir a los más necesitados y que encontró en la educación una herramienta para transformar vidas.

Ochenta y cinco años después, el Colegio Franciscano Virrey Solís continúa escribiendo su historia. Una historia que comenzó en Bucaramanga en 1941, pero cuyas raíces se hunden mucho más atrás, en una tradición franciscana de más de 800 años que ha hecho de la educación una de sus formas más profundas de servicio a la sociedad.


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